Como agradecimiento, me invitó a pasar a tomar un café.
Casi dije que no.
Ahora que lo pienso, me alegro de no haberlo hecho.
Lo que empezó como un simple gesto se convirtió en una conversación de una hora sobre la vida, viejos recuerdos y los cambios que nuestro barrio había experimentado a lo largo de los años. Antes de irme, le dije en broma que me llamara la próxima vez que necesitara ayuda con la compra.
Ninguno de los dos imaginaba que aquel comentario casual se convertiría en una tradición que duraría más de una década.
Con el paso de los años, la salud de Ezra fue empeorando. Conducir se le hacía cada vez más difícil, así que me ofrecí a hacerle la compra todos los domingos.
Al principio, insistía en pagarme.
Me negué siempre.
Finalmente, dejó de ofrecerse.
En cambio, nuestra rutina dominical se convirtió en algo mucho más valioso. Yo llevaba la compra, la guardaba y luego me sentaba con él un rato. Hablábamos como viejos amigos.
A veces me contaba historias de su pasado.
A veces hablábamos de mi vida.
Y a veces hablábamos de cosas sin importancia.
Esas visitas se convirtieron en una de las partes más constantes y significativas de mi semana.
Entonces, una mañana, me di cuenta de algo extraño.
La luz del porche de Ezra seguía encendida.
Al mediodía, supe la razón.
