PARTE 1
A los 62 años, Carmen Alvarado caminó sola por el pasillo de la universidad con toga, birrete y las manos temblándole como si tuviera 18 otra vez.
El auditorio de la Universidad Pedagógica en Puebla estaba lleno de familias, ramos de flores, globos plateados y celulares levantados.
Pero en la fila donde debían estar sus hijos, no había nadie.
Ni Iván.
Ni Marcela.
Ni siquiera sus nietos, a quienes ella había cuidado con fiebre, llevado a la escuela y esperado afuera de clases bajo el sol.
Carmen intentó sonreír.
Se repitió que ese día era suyo, aunque le doliera como una espina no ver a su familia entre el público.
Toda su vida había querido ser maestra.
Cuando era joven, antes de casarse, antes de los pañales, las deudas y los recibos vencidos, soñaba con enseñar en una primaria, con escribir en el pizarrón y escuchar a los niños decir “maestra Carmen”.
Pero su papá enfermó, su mamá no pudo más y Carmen dejó sus estudios para trabajar en una fonda cerca del mercado.
Después se casó con Rogelio.
Luego llegaron Iván y Marcela.
Y el sueño se fue quedando guardado, doblado como un vestido bonito que una mujer nunca se pone porque siempre hay algo más urgente que comprar.
El único que nunca dejó morir ese sueño fue Rogelio.
—Un día vas a regresar, Carmencita —le decía por las noches—. No naciste nomás para servirles café a otros ni para vivir cansada.
Pero Rogelio murió 10 años antes, de un infarto que partió la casa en 2.
Carmen pensó que con él también se había ido la última persona que creía en ella.
Hasta que un día, a los 59, entró a la universidad con una libreta nueva y el corazón lleno de miedo.
Iván y Marcela nunca lo tomaron bien.
Al principio dijeron que era “una ocurrencia”.
Luego que era “pérdida de tiempo”.
Y cuando Carmen les avisó la fecha de su graduación, el silencio en la mesa fue más cruel que cualquier grito.
—Mamá, neta, ¿vas a subirte al escenario con puros muchachos? —preguntó Marcela, bajando la voz como si la vergüenza ya estuviera sentada con ellos.
Iván soltó una risa amarga.
—¿Y qué van a decir los papás de los amigos de mis hijos? Que su abuela anda jugando a la universitaria.
Carmen apretó la servilleta entre los dedos.
—No estoy jugando, hijo. Estoy terminando algo que empecé hace más de 40 años.
—Papá siempre te metió esas ideas —dijo Marcela—. Pero él ya no está para ver cómo te exhibes.
Esa frase le dolió más que todo.
El día de la ceremonia, Carmen entró sola.
Recibió su diploma con los ojos brillosos y el pecho apretado.
Cuando bajó del escenario, el profesor Ernesto Villalobos se acercó rápido, pálido, casi sin aire.
—Carmen… necesita venir conmigo. Hay alguien esperándola afuera.
Ella pensó en Iván.
Pensó en Marcela.
Pensó que tal vez sus hijos se habían arrepentido.
Pero al abrir la puerta del auditorio, vio a un hombre canoso junto a la pared, sosteniendo un sobre amarillento entre las manos.
Y Carmen sintió que el piso desaparecía bajo sus pies cuando él dijo:
—Tu Rogelio me pidió que te entregara esto el día que por fin te graduaras.
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