—Doce de marzo —repitió Adrián.
—Tengo seis años.
—Lo sé ahora.
Tomás apretó los labios.
—Entonces te perdiste seis cumpleaños.
Adrián tragó saliva.
—Sí.
—¿Porque no querías venir?
—Porque no sabía dónde estabas ni que existías.
Tomás me miró.
Aquella mirada fue más difícil de soportar que cualquier reproche de Adrián.
—¿Mamá sí sabía?
—Sí.
—Entonces fue culpa de ella.
Adrián respondió antes que yo.
—No es tan sencillo. Tu mamá tuvo miedo por buenas razones. Yo cometí errores que hicieron que tuviera ese miedo. Después ella también tomó decisiones equivocadas. Los adultos somos responsables. Tú no.
Tomás permaneció callado.
Finalmente preguntó:
—¿Me vas a llevar a Guadalajara?
—No —respondió Adrián—. Nadie va a separarte de tu mamá ni de tu casa.
Me miró antes de prometerlo.
Yo asentí.
—No te conozco —dijo Tomás.
—Es verdad.
—No sé qué se supone que haga contigo.
Adrián sonrió apenas.
—Podríamos empezar con una cosa.
—Odio las zanahorias.
—Yo también.
Tomás miró hacia mí.
—Mamá dice que eso no cuenta como personalidad.
No pude evitar reír.
Adrián también.
Tomás no.
Pero aquella tarde permitió que Adrián caminara con él hasta la plaza acompañado por mi amiga Ana.
Para nosotros fue suficiente.
Yo todavía necesitaba confirmar la historia de Verónica.
Contacté a la abogada que había llevado parte del caso siete años atrás. Los documentos eran auténticos. La amenaza contra mí había existido.
Después hablé directamente con Verónica.
—Nunca fui amante de Adrián —me dijo—. Aquella noche acababa de enterarme de que posiblemente habían matado a mi hermano. Estaba aterrada. Adrián me abrazó unos segundos. Eso fue todo.
—¿Él alguna vez te dijo que estaba enamorado de ti?
Verónica guardó silencio antes de contestar.
—Elena, cuando descubrimos que tu nombre estaba en aquella lista, ese hombre parecía incapaz de respirar.
Cerré los ojos.
—Eso no lo disculpa —añadió—. Debió decirte algo. Yo incluso me ofrecí a hablar contigo. Él pensó que cuanto menos supieras, más segura estarías.
Después de colgar lloré.
No porque quisiera recuperar inmediatamente a mi marido.
Lloré por los años perdidos.
Por las noches en que había imaginado a Adrián con ella.
Por los cumpleaños en que Tomás preguntó por un padre muerto que nunca había muerto.
Por un hombre que me amaba y que, precisamente porque me amaba, había creído que tenía derecho a decidir qué verdad podía soportar.
Cuando Adrián llegó esa tarde, fui clara.
—Creo que nunca me fuiste infiel.
Vi esperanza en su rostro.
—Pero todavía tengo que aprender a confiar en el hombre que me permitió creerlo.
—Lo entiendo.
—No necesito promesas enormes.
—Entonces no te las daré.
—Necesito hechos.
—Mírame.
Eso hice.
Y durante los meses siguientes, lo observé.
Adrián alquiló una pequeña casa a unas calles de nosotros. Podía haber comprado la propiedad más grande del pueblo, pero escogió una vivienda sencilla con una ventana que no cerraba bien.
La reparó él mismo.
Mal.
Tomás lo observaba desde la reja.
—Tienes empleados que pueden hacer eso.
—Sí.
—Entonces ¿por qué lo haces tú?
—Porque estoy aprendiendo.
Tomás examinó el marco torcido.
—Mamá dice eso cuando hago un desastre.
Por primera vez se rieron juntos.
Adrián comenzó a visitarlo en horarios acordados.
Leía con él en la librería.
Lo acompañaba al mercado.
Escuchaba sus interminables preguntas.
Un día tuvo que regresar a Guadalajara por un problema en una de sus bodegas.
Se lo dijo a Tomás.
—Me voy dos días. Regreso el jueves.
Mi hijo cruzó los brazos.
—La gente dice que vuelve y luego no vuelve.
Adrián se quedó quieto.
—Si algo cambia, te llamaré. No voy a obligarte a adivinar.
Llamó las dos noches.
El jueves su automóvil sufrió una falla en la carretera.
Volvió cuatro horas tarde.
Pero antes había telefoneado.
Cuando finalmente llegó, Tomás salió a la puerta.
—Sí regresaste.
—Te dije que lo haría.
—La gente dice cosas.
Adrián dejó las llaves sobre una mesa.
—Entonces no creas lo que digo todavía. Mira lo que hago.
Aquella frase fue el principio de algo.
No de un perdón inmediato.
De algo mejor.
Confianza construida lentamente.
También discutimos.
Yo le reproché creer que el dinero podía solucionar demasiado.
Él me acusó de haberle ocultado a su hijo durante seis años.
