Verónica se relajó.
Le propuso que, una vez recibido el patrimonio, le prestara casi la mitad de los recursos para “estabilizar” la empresa familiar.
—Las noticias exageran —dijo—. Solo necesitamos liquidez.
—¿Y por eso regresaste a mi vida?
—Regresé porque eres mi hija.
Sofía sostuvo su mirada.
—Entonces dime cómo me perdí.
Verónica suspiró.
—Ya te lo expliqué. Fue un descuido.
—No hay denuncia. Le dijiste a mi padre que yo estaba contigo. A tu familia le dijiste que estaba con él. A mi abuelo le diste otras versiones. ¿Cuál es la verdadera?
—Tenía veintisiete años. No entiendes la presión que vivía.
—Explícamela.
Verónica bebió agua.
—Había un hombre que quería casarse conmigo. Su familia no te aceptaba. Yo pensé que podía dejarte con personas que te cuidaran.
Sofía sintió que el corazón le golpeaba en el pecho.
—¿Qué personas?
Verónica guardó silencio.
—¿Me llevaste tú a la CAPU?
La mujer apretó la mandíbula.
—Sí.
—¿Me dijiste que esperara?
—Sí.
—¿Y te fuiste?
—No inmediatamente.
Sofía dejó de respirar por un segundo.
—¿Qué significa eso?
Verónica miró hacia la ventana.
