PARTE 1
—Feliz cumpleaños, hija. Ya no tienes por qué seguir viviendo con una mujer que te recogió de la calle como si fueras cualquier cosa.
El salón privado del restaurante, en Cholula, quedó en silencio.
Sofía Martínez acababa de apagar las velas de su pastel de dieciocho años cuando una mujer alta, impecablemente vestida con un abrigo color marfil, cruzó la puerta acompañada por un chofer. Elena, la mujer que había criado a Sofía desde que tenía tres años, se levantó de golpe.
—¿Quién es usted?
La desconocida ni siquiera la miró al principio.
—Verónica Salgado. Soy la madre de Sofía.
Quince años antes, Elena había encontrado a una niña pequeña afuera de la CAPU, en Puebla. Era una noche fría, casi las nueve. La niña tenía un tenis sin agujeta, una chamarra demasiado delgada y pedía monedas porque tenía hambre.
—Mi mamá me dijo que esperara —repetía.
Elena le compró una torta y un atole, avisó a la policía y permaneció con ella hasta que llegaron las autoridades y personal del DIF. Durante semanas buscaron familiares. No apareció nadie. Ninguna mujer preguntó por una niña llamada Sofía. Ninguna denuncia coincidió con ella.
