Elena, contadora de una empresa de refacciones, volvió a visitarla una y otra vez. Primero llevó calcetines. Luego cuentos. Después una pijama. Meses más tarde comenzaron los procedimientos para recibirla en casa y, con el tiempo, tras las revisiones y resoluciones correspondientes, Sofía se convirtió legalmente en su hija.
Nunca le ocultó la verdad.
—Yo no sé por qué tu mamá biológica no volvió —le dijo cuando Sofía tuvo edad para preguntar—. Pero sí sé por qué yo me quedé.
Y se quedó en las fiebres, en las tareas, en las colegiaturas, en los meses apretados de dinero y en cada cumpleaños.
Por eso, cuando Verónica apareció quince años después hablando como si hubiese salido por un café, Elena sintió que algo se rompía dentro de ella.
—No puede venir aquí a llamarla “hija” y actuar como si nada hubiera pasado —dijo.
Verónica sonrió con frialdad.
—Eso lo decidirá ella.
Sacó de su bolso unas llaves con el emblema de una camioneta nueva.
—Está afuera. Es tu regalo.
Sofía no extendió la mano.
—¿Por qué ahora?
—Porque ya eres mayor de edad y por fin podemos recuperar el tiempo perdido.
