Elena soltó una risa amarga.
—Quince años no se recuperan con una camioneta.
Verónica entonces la miró de arriba abajo.
—Tú no sabes nada de nuestra familia. Sofía ya no tiene por qué vivir limitada por gente que no pertenece a su sangre.
Elena palideció.
—Salga de aquí.
Verónica volvió a ofrecer las llaves.
—Ven conmigo, hija. Te voy a enseñar la vida que siempre debiste tener.
Todos esperaban que Sofía las rechazara.
Pero la joven tomó las llaves.
Elena sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
Verónica sonrió, satisfecha.
Sofía pasó junto a Elena y, por apenas un segundo, le guiñó un ojo.
Nadie más lo notó.
Y Elena todavía no podía creer lo que estaba a punto de descubrir.
