Yo acepté.
Mi esposo Arturo también.
Quitamos una alfombra del pasillo, bajamos platos y vasos a estantes accesibles, pusimos una banca en la regadera y adaptamos una pequeña rampa en la entrada. Lo que más me dolía era que Valeria veía cada cambio como si fuera una deuda.
Pedido permiso para abrir el refrigerador.
Se disculpaba si yo salía antes del trabajo para llevarla a terapia.
Una tarde intenté alcanzar un plato sola. La silla se inclinó, el plato cayó al fregadero y se rompió. Valeria ni siquiera miró los pedazos.
Me miró a mí.
—Perdón, tía Rebeca.
Era un plato de cien pesos. Pero ella temblaba como si hubiera destruido mi casa.
Mónica empezó a visitar menos. Primero dos veces por semana. Luego una. Después aparecieron las excusas: horas extras, un departamento nuevo, una cita, tráfico, cansancio.
Hasta aquella tarde en mi cocina.
Le pregunté cuándo pensaba llevarse a su hija.
—Está bien contigo —respondió—. Tú tienes espacio, horarios, paciencia.
—No te pregunté si estás bien conmigo. Te pregunté cuándo iba a volver contigo.
Mónica apretó los labios.
Entonces soltó aquella frase sobre no querer pasar su nueva vida empujando una silla de ruedas.
Le pedí que se fuera.
Cuando cerré la puerta, vi una sombra moverse debajo de la puerta del cuarto de Valeria.
Había escuchado todo.
Esa noche cenó medio sándwich y no lloró. Eso me austó más.
Horas después la encontré guardando su ropa en la misma mochila con la que había llegado.
—¿Qué haces?
—Puedo irme a otro lugar. No quiero estorbarte también.
Me senté frente a ella.
Valeria bajó la mirada y preguntó algo que todavía, trece años después, puedo escuchar con perfecta claridad:
—Tía… ¿todavía me quieres aquí?
-Si.
No hice discursos. No prometí milagros. Sólo dije sí.
A la mañana siguiente abrí la carpeta azul donde guardaba sus terapias. Había citas para julio, agosto, septiembre, octubre. Aquello nunca había sido “unas semanas”.
Mi sí tendría que durar mucho más.
Y todavía no sabía que, por cumplir esa promesa, perdería mi matrimonio, terminaría criando a Valeria como mi propia hija y, trece años después, mi hermana intentaría borrarla una vez más delante de toda su nueva familia.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
