PARTE 2
A la mañana siguiente llegué al despacho del licenciado Herrera.
Sin decir mucho, colocó sobre su escritorio una caja antigua de madera.
El pequeño candado coincidía exactamente con la llave.
La introduje.
Clic.
Dentro había tres cosas: una libreta bancaria vieja, un sobre con mi nombre y una copia certificada de un testamento otorgado ante notario.
Leí la primera cláusula dos veces porque pensé que estaba entendiendo mal.
Doña Carmen me nombraba heredera de su casa y de la mayor parte de sus bienes.
Rodrigo no recibiría ese patrimonio.
—Su suegra sabía que usted se iría después de su muerte —explicó Herrera—. Me dijo: “Lucía ha cuidado de mí como una hija. Rodrigo va a intentar dejarla sin nada”.
Abrí la libreta.
Había varios millones de pesos acumulados entre inversiones y cuentas.
Me temblaron las manos.
Rodrigo llevaba meses buscando ese dinero.
Un mes antes incluso había entrado furioso al cuarto de su madre.
—¿Dónde están sus papeles bancarios? Necesito arreglar un problema de la empresa.
Cuando le pregunté qué ocurría, me gritó:
—No te metas. Tú eres mi esposa, no mi socia.
Ahora entendía parte de su desesperación.
Pero faltaba algo.
Esa noche, ya en el hotel, encendí una vieja tableta familiar que Rodrigo había dejado olvidada años atrás. Su correo seguía sincronizado.
Primero encontré cargos recientes del resort de Los Cabos.
Después escuché otra vez el mensaje que me dejó mientras yo estaba en el hospital.
Al fondo se oyó claramente una voz femenina:
—Rodrigo, apúrate. ¿Ya sabes dónde guardaba la señora las cuentas?
Y él respondió:
—Cuando regrese voy a revisar todo. Lucía no sospecha nada.
Sentí náuseas.
Fernanda, su amante, sabía que su madre estaba enferma.
Y ambos esperaban su muerte.
Pero el verdadero golpe llegó cuando revisé las operaciones antiguas de la libreta.
Durante años habían aparecido depósitos irregulares: 180 mil, 300 mil, 450 mil pesos.
El origen se repetía.
Construcciones del Bajío.
La empresa de Raúl, tío de Rodrigo.
Yo conocía ese nombre porque Rodrigo, como gerente de compras de un importante grupo inmobiliario, había autorizado contratos millonarios con esa compañía.
Busqué “Construcciones del Bajío” en el correo viejo.
Apareció un mensaje de hacía años:
“Ya depositamos la comisión en la cuenta que nos indicaste. Confirma cuando tu mamá la reciba”.
Sentí un escalofrío.
Fecha del correo.
Fecha del depósito.
Misma cantidad.
No era una herencia secreta.
La cuenta de doña Carmen había sido utilizada para esconder pagos relacionados con contratos de Rodrigo.
Cuando se lo conté al licenciado Herrera, su expresión cambió.
—Carmen lo descubrió meses atrás. Por eso bloqueó nuevas operaciones y vino conmigo. Tenía miedo de denunciar a su propio hijo, pero también tenía miedo de que destruyera documentos.
Entonces me entregó el sobre.
Dentro había una carta escrita con la letra temblorosa de doña Carmen.
“Lucía: perdóname por haber tardado tanto en aceptar en qué se convirtió mi hijo. No pude obligarme a dejar de quererlo, pero tampoco quiero que tú pagues por sus decisiones. Recupera tu vida”.
