PARTE 2
No lo enfrenté. Si estaba equivocada, destruiría a una familia por una obsesión nacida del duelo. Pero si tenía razón, llevaba tres años viviendo al lado de una mentira monstruosa.
Dos días después hice una prueba.
—¿Te acuerdas del hotel en Cholula donde Santiago y yo nos hospedamos? Era la habitación 204, ¿no?
Sebastián respondió sin pensar:
—Era la 207. La 204 daba al estacionamiento y tú querías la vista a la iglesia.
Se quedó inmóvil.
—Santiago me lo contó —añadió.
Nunca se lo habíamos contado a nadie.
Luego mencioné un restaurante y cambié a propósito el platillo favorito de Santiago. Me corrigió. Otro día, Camila encontró un reloj de juguete que su padre había escondido años atrás encima de un mueble.
—Papá Sebastián lo encontró —dijo mi hija.
Busqué a Fernanda, una antigua novia de Sebastián. Le pedí que se reuniera con él sin decirle que yo estaba cerca.
—Con este frío seguro te duele aquella muñeca que te rompiste cuando éramos novios —comentó ella.
Él sonrió.
—A veces.
Fernanda salió del café pálida.
—Mariana, nosotros ni siquiera éramos novios cuando se fracturó. Quien lo llevó al hospital fue Santiago. Ese hombre conoce el dato, pero no recuerda la vida alrededor del dato. Y se ríe como Santiago.
Fui a la Fiscalía. La agente Lucía Hernández escuchó todo: la cicatriz, el hotel, el reloj, la muñeca.
—Los recuerdos no bastan para acusar a alguien —me dijo—. No lo confronte. Déjenos revisar.
Él notó mi distancia antes de que yo pudiera fingir normalidad.
Una tarde regresé de la escuela y encontré a mis padres, a mis suegros y a Sebastián reunidos en la sala. Sobre la mesa estaban copias de mis antiguas notas de terapia, de cuando sufría insomnio y duelo después del accidente.
—Estoy preocupado por Mariana —dijo él—. Hace tres años decía que escuchaba a Santiago y a veces lo veía en mí. Ahora volvió a pensar que está vivo.
Comprendí de inmediato: quería convertir mi investigación en una recaída emocional.
—No estoy confundida —respondí—. La cicatriz de Santiago está en tu cuerpo.
Él palideció.
Me volví hacia Teresa.
—Mamá, hablé con Fernanda. Tengo razones para creer que Santiago está vivo.
Mi suegra se puso de pie.
—Entonces… ¿a quién enterramos?
Me fui a casa de mis padres. A la mañana siguiente, mi antigua psicóloga confirmó que mis consultas habían sido por duelo traumático y que nunca me diagnosticó delirios.
Mientras tanto, la Fiscalía encontró algo peor.
Antes del accidente, Santiago había desviado dinero de la distribuidora de material eléctrico donde trabajaba, alterando comprobantes y pagos para cubrir inversiones fallidas. El faltante superaba los dos millones de pesos.
Sebastián había descubierto las irregularidades. Poco antes del choque envió documentos a su mejor amigo, Diego, con un mensaje: “Guárdame esto. Si la próxima semana todo se arregla, te digo que lo borres”.
El día del accidente, ambos hermanos salieron juntos porque Santiago supuestamente iba a confesar.
Tres días después, Lucía me citó.
—Comparamos huellas dactilares anteriores al accidente —dijo—. Los gemelos idénticos pueden compartir perfiles genéticos prácticamente iguales en pruebas comunes, pero sus huellas no son idénticas.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Y el hombre que vive como Sebastián?
Lucía deslizó una carpeta hacia mí.
—Sus huellas pertenecen a Santiago Morales.
Me quedé muda.
Entonces abrió una segunda carpeta.
—Ahora tenemos que decirle quién estaba realmente dentro de aquel auto cuando ardió.
