Viuda y con una hija pequeña, tardé tres años en aceptar casarme con el hermano gemelo de mi esposo fallecido. La noche de bodas, al verle una vieja cicatriz en la cadera, pregunté: “¿Quién eres realmente?”. Él sonrió y dijo que era de un accidente. Yo no insistí; guardé silencio, busqué a una antigua novia suya y descubrí que el hombre de mi cama podía no ser quien todos creían

PARTE 1

—Si vas a casarte conmigo porque tengo la cara de mi hermano muerto, detén la boda ahora mismo.

Eso fue lo último que Sebastián Morales me dijo antes de convertirse en mi esposo.

Me llamo Mariana López, tengo treinta y cinco años y doy clases de literatura en una preparatoria de Puebla. En noviembre de 2022 estaba a punto de hacer algo que durante tres años juré que jamás haría: volver a casarme. Y no con cualquier hombre, sino con el hermano gemelo de Santiago, mi primer esposo, muerto en un accidente.

Sebastián y Santiago eran idénticos. Misma estatura, misma voz, mismos ojos oscuros. Pero para mí nunca habían sido iguales. Santiago era bromista, ruidoso, capaz de hacerse amigo de cualquiera. Sebastián era reservado, paciente y respetuoso. Durante mi matrimonio jamás cruzó una línea conmigo.

Cuando Santiago murió en 2019, Sebastián sobrevivió. El auto se incendió en la carretera y el cuerpo de mi esposo quedó irreconocible. Lo identificaron por sus pertenencias, su alianza y el testimonio del sobreviviente.

Después, Sebastián se mantuvo cerca sin invadirme. Ayudaba con Camila, mi hija, arreglaba una fuga, cambiaba un foco o llevaba comida que mandaba su madre. Poco a poco, Camila comenzó a quererlo. Yo tardé mucho más.

Cuando me confesó que sentía algo por mí, lo rechacé.

—Cada vez que te miro, tengo miedo de estar buscando a Santiago.

—Entonces no te cases conmigo. Yo no quiero ser la sombra de nadie.

Nos alejamos varios meses. Y en esa distancia entendí que extrañaba al hombre que yo creía que era Sebastián.

La boda fue pequeña: familia, amigos cercanos, mole poblano y demasiadas miradas curiosas. Mi suegra Teresa me tomó de las manos antes de la ceremonia.

—Que la gente hable. Tú no vivas para callar bocas ajenas.

Esa noche Camila se quedó con sus abuelos. La casa quedó en silencio. Sebastián cerró la puerta de la habitación y por primera vez ya no éramos viuda y cuñado.

Se quitó el saco y la camisa. Yo dejé mis aretes sobre el buró y, al levantar la mirada, sentí que el aire desaparecía.

En la parte baja de su cadera izquierda había una cicatriz curva, parecida a un anzuelo.

La conocía.

En 2017, el vidrio de nuestra regadera se rompió y Santiago se lanzó para apartarme. Un cristal le abrió exactamente esa zona. Yo misma limpié la herida y cambié sus vendas durante semanas.

Sebastián nunca había tenido una lesión ahí. Su único accidente importante había sido una fractura en la muñeca izquierda jugando futbol.

—¿Qué es eso? —pregunté.

Él miró la cicatriz y tardó un segundo en responder.

—Una caída de motocicleta. Hace años.

Ese segundo me heló.

Sebastián nunca había tenido motocicleta.

Me encerré en el baño. Entonces recordé otras cosas: en tres inviernos aquel hombre jamás se quejó de la muñeca cuando hacía frío; llamaba a Camila “mi catarina”, el mismo apodo que usaba Santiago; sabía pequeños detalles de nuestra casa que yo había justificado como coincidencias entre gemelos.

Cuando salí fingí mareo. Dormimos de espaldas.

Al amanecer solo podía pensar una cosa: si el hombre que acababa de casarse conmigo tenía la cicatriz de Santiago… ¿quién estaba enterrado desde hacía tres años bajo el nombre de mi esposo?

Y todavía no podía creer lo que estaba a punto de descubrir…

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