PARTE 2
A la mañana siguiente llamé a Renata Molina, la abogada que llevaba los asuntos de mi familia desde hacía dieciocho años. Hicimos la prueba de ADN con absoluta discreción y, mientras esperábamos el resultado, contraté a Javier Ortega, un investigador privado que había trabajado durante años en delitos financieros.
El resultado llegó once días después.
—Arturo —me dijo Renata—, no hay duda. Emiliano es hijo biológico de Mauricio.
Me senté sin poder hablar.
Mi hijo había tenido un hijo durante nueve años y había muerto sin saberlo.
Pero Renata no había terminado.
Años atrás yo había creado un fideicomiso familiar para proteger la empresa. Si Mauricio moría dejando descendencia reconocida legalmente, su parte pasaba a sus hijos. Eso significaba que, en cuanto un juez reconociera la paternidad, Emiliano se convertiría en heredero de la rama de Mauricio.
—Si alguien estaba contando con que Mauricio muriera sin hijos —dijo Renata—, la existencia de Emiliano arruina por completo sus planes.
Ese mismo día fui al hospital a ver a Lucía.
Tenía un brazo enyesado y el rostro lleno de moretones ya amarillentos. Me contó que semanas antes se había encontrado por casualidad con Mauricio en un hotel de Querétaro. Hablaron durante una hora. Ella estuvo a punto de contarle la verdad sobre Emiliano, pero no pudo.
Mauricio olvidó una maleta negra con documentos de la empresa.
Dos días después, unos hombres llegaron preguntando por ella. Lucía alcanzó a escuchar a uno hablar por teléfono.
—Dijo: “La señora Salgado quiere saber si dejó algo”.
Valeria.
Lucía se llevó la maleta y comenzó a notar vehículos estacionados frente a su edificio. Después vino el choque: una camioneta la empujó hacia la cuneta en avenida Fray Junípero Serra y huyó.
La llave del sobre abría un casillero en una vieja bodega que mi empresa había dejado de usar en Apaseo el Grande.
Esa noche Javier y yo fuimos.
La maleta de Mauricio seguía allí. Adentro había reportes de rutas, costos, adquisiciones y notas escritas por mi hijo. Parecía material normal de trabajo. Sin embargo, en un cuarto lateral encontramos señales de que alguien había almacenado mercancía recientemente. Entre dos placas del piso apareció un pedazo de manifiesto de carga.
En una esquina tenía el código de Meridiano Consultores.
Sentí que el aire se me iba.
Valeria había trabajado tres años para Meridiano antes de conocer a Mauricio.
Javier investigó la empresa. Descubrió pagos provenientes de un grupo de inversión llamado Consorcio Altiplano, una red de sociedades que llevaba años comprando empresas logísticas en problemas. Cuatro años antes, justo después de que se anunciara públicamente que Mauricio daría una conferencia en Monterrey, Meridiano había inscrito a Valeria al mismo evento.
Ella no había conocido a mi hijo por casualidad.
La habían colocado en su camino.
Esa tarde, desde la ventana del rancho, vi una camioneta oscura estacionada durante casi una hora frente al portón.
Mandé a Emiliano a Mérida con mi hermana Isabel hasta que el reconocimiento judicial quedara firmado.
Horas después, Valeria llegó a mi casa con comida y una sonrisa triste.
—Arturo, aquel niño que se acercó a ti en el funeral… ¿quién era?
—No tengo idea —mentí—. Tal vez hijo de algún empleado.
Ella sonrió.
Esa misma noche alguien destrozó el departamento de Lucía buscando algo.
No se llevaron dinero, joyas ni aparatos.
Sólo vaciaron cajones, rompieron muebles y revisaron hasta los colchones.
Buscaban la llave.
Y Valeria acababa de confirmar que también buscaba al niño.
Aún no sabía que, antes de que todo terminara, descubriría por qué habían matado a mi hijo.
