PARTE 3
Javier tardó cuatro días en encontrar la primera grieta dentro de mi propia empresa.
Ramiro Fuentes, nuestro director jurídico, llevaba quince años trabajando conmigo. Había estado en el bautizo de una de mis sobrinas, había brindado en la boda de Mauricio y, tres días después del funeral, me había puesto una mano en el hombro para decirme:
—Don Arturo, aquí estamos con usted. Vamos a cuidar lo que Mauricio dejó.
Resultó que llevaba años vendiendo información.
Los depósitos estaban escondidos entre facturas y empresas fantasma. No bastaban para probarlo todo, pero sí para tender una trampa.
Preparamos cuatro versiones de un documento sobre una supuesta venta de activos. Cada copia tenía un código distinto y entregué una a cada directivo.
La copia de Ramiro salió de nuestra red esa misma noche.
Cuarenta y ocho horas después, un intermediario relacionado con Consorcio Altiplano preguntó por exactamente el activo y el código que sólo aparecían en su documento.
Pero lo que terminó de romperme llegó después.
Un peritaje independiente de la camioneta de Mauricio concluyó que una pieza del sistema de frenos había sido manipulada deliberadamente. No era desgaste. No era una falla de fábrica.
Alguien había preparado su muerte.
Javier consiguió imágenes del estacionamiento de la empresa seis días antes del choque. Un técnico de una contratista, Óscar Cárdenas, había entrado fuera de horario con acceso autorizado y había permanecido treinta y dos minutos cerca de la camioneta de Mauricio.
Los registros telefónicos mostraban que, durante las cuarenta y ocho horas anteriores a la muerte de mi hijo, Óscar había intercambiado mensajes con un teléfono desechable que se conectaba repetidamente cerca de nuestras oficinas.
Javier puso el expediente frente a mí.
—Todo apunta a Ramiro como enlace operativo. Pero él no es el cerebro.
—¿Quién?
Javier deslizó una fotografía sobre mi escritorio.
Gustavo Ledesma.
El nombre me regresó veinte años atrás.
Ledesma y yo habíamos competido por unos terrenos industriales cerca de San Luis Potosí, una franja estratégica para conectar rutas del Bajío con el norte. Él creía tener el trato cerrado. Mis abogados encontraron una cláusula que me permitió igualar la oferta y quedarme con la operación.
Al final de la firma, Ledesma me dio la mano y sonrió.
Yo pensé que había perdido y seguido adelante.
Nunca siguió adelante.
Durante años construyó sociedades, compró participaciones pequeñas en proveedores y estudió la estructura de Transportes Salgado. Después contrató a Meridiano. Luego apareció Valeria.
—¿Me estás diciendo que planearon acercarla a Mauricio?
—Eso indican los registros —respondió Javier—. Su inscripción al congreso ocurrió seis días después de publicarse el nombre de Mauricio como ponente. Antes de eso, una firma vinculada a Ledesma compró un informe completo sobre tu empresa, tu familia y la sucesión.
Me levanté y caminé hasta la ventana.
Pensé en mi hijo enamorándose de una mujer que ya sabía quién era él antes de presentarse.
Pensé en las cenas familiares, los cumpleaños, las Navidades, los viajes. Pensé en Valeria sirviéndole café a Mauricio en mi propia cocina.
Y recordé algo que me hizo sentir náuseas.
Tres semanas antes de morir, Mauricio había pedido aumentar su seguro de vida y confirmar que Valeria fuera la beneficiaria principal.
Mientras ella entregaba información sobre él, mi hijo se aseguraba de dejarla protegida.
—No quiero venganza —le dije a Javier—. Quiero pruebas.
Así que empecé a perder.
O, por lo menos, eso fue lo que dejé que ellos vieran.
Cancelé dos reuniones importantes. Dejé correr el rumor de que la muerte de Mauricio me había quebrado. Dije frente a Ramiro que quizá ya no tenía fuerzas para seguir dirigiendo la empresa. Permití que un intermediario de Consorcio Altiplano se acercara con una oferta de compra.
Valeria comenzó a visitarme más seguido.
Una tarde llegó al rancho y me encontró mirando unos estados financieros.
—No tienes que cargar con todo esto, Arturo —me dijo—. Mauricio no querría verte destruirte por una empresa.
—Tal vez tienes razón.
Vi un brillo mínimo en sus ojos.
Entonces dejé caer el anzuelo.
—Hay una división que podría vender primero. Proyecto Naranjo. Si me dan buen precio, quizá sea el principio.
Proyecto Naranjo no existía.
Cuarenta y ocho horas después, Consorcio Altiplano pidió información sobre “Naranjo”.
Ramiro no conocía ese nombre.
Sólo Valeria lo había escuchado.
Ya teníamos las dos rutas de filtración.
Javier entregó todo a las autoridades: movimientos financieros, registros de acceso, comunicaciones, pruebas digitales y el peritaje de los frenos. Los investigadores oficiales confirmaron por su cuenta los elementos principales y comenzaron a seguir a Óscar.
