Sofía contrató, con apoyo de Elena, a la abogada Mariana Fuentes. Su primera recomendación fue simple: no firmar poderes, no entregar documentos originales y no usar la camioneta.
Esa misma tarde Verónica llamó.
—Quiero explicarte todo. Ven mañana a mi casa. Sola.
Sofía aceptó, pero compartió la ubicación con Elena y con la abogada.
La residencia de Verónica estaba en Lomas de Angelópolis. Había fotografías familiares enmarcadas, muebles perfectos y una ausencia extraña de cualquier recuerdo posterior a los dos años de Sofía.
Verónica contó que el abuelo Arturo controlaba su vida, que el padre biológico de Sofía había desaparecido y que, cuando la niña se perdió, la familia prefirió buscarla discretamente para evitar un escándalo.
—¿Nunca denunciaste mi desaparición? —preguntó Sofía.
—Tu abuelo no me dejó.
—¿Y durante quince años tampoco?
Verónica cambió de tema.
Dijo que Arturo había descubierto recientemente la existencia de Sofía y que, furioso con su hija, modificó el testamento para castigarla.
—Ese patrimonio es demasiado para ti —añadió—. Yo puedo administrarlo.
—Tengo abogada.
La expresión de Verónica se endureció.
—Elena ya te está llenando la cabeza.
Sofía se levantó para irse. Entonces vio, bajo una revista, una carpeta gruesa con una etiqueta: “SOFÍA MARTÍNEZ”.
En el lomo aparecía una fecha del año anterior.
—Dijiste que me encontraste hace unos meses.
Verónica cubrió la carpeta con la mano.
—Son cosas que fui reuniendo.
—Esa carpeta tiene más de un año.
Por primera vez, Verónica no tuvo respuesta.
Esa noche, mientras Sofía le contaba todo a Elena, entró una llamada de un número desconocido.
—Soy Teresa Salgado, tía de Verónica —dijo una voz temblorosa—. Necesito verte antes de que ella se entere.
—¿Por qué?
Hubo un silencio largo.
—Porque hace quince años yo también acepté una mentira. Y si sigues creyendo la versión de tu madre, jamás vas a saber qué ocurrió realmente en aquella terminal.
