Elena y Sofía se miraron.
Dos horas después estaban sentadas frente al notario.
Don Arturo había muerto nueve días antes. En su testamento había dejado a Sofía un departamento, una casa en Atlixco, un local comercial y recursos en varias cuentas. No todo su patrimonio, pero sí una cantidad suficiente para cambiarle la vida.
—¿Por qué me dejó algo si nunca lo conocí? —preguntó Sofía.
—Eso no puedo responderlo —dijo el notario—. Solo puedo decirle que conocía sus datos y dejó un sobre cerrado para usted.
El sobre aún no podía ser entregado. Debían cumplirse primero ciertas formalidades.
Al salir, Sofía recibió un mensaje de Verónica:
“Ahora ya entiendes por qué tenemos que hablar solas.”
Elena apretó los labios.
—Entonces sabía del testamento.
