Hace 15 años una niña pequeña me dijo junto a una terminal: “Mi mamá me pidió que esperara”. Esperé con ella, llamé a las autoridades y después terminé convirtiéndome legalmente en su madre. Nadie vino a buscarla. Pero el día que cumplió 18, su madre biológica regresó de repente… y una carta relacionada con una herencia estuvo a punto de revelar lo que realmente ocurrió aquella noche.

Elena y Sofía se miraron.

Dos horas después estaban sentadas frente al notario.

Don Arturo había muerto nueve días antes. En su testamento había dejado a Sofía un departamento, una casa en Atlixco, un local comercial y recursos en varias cuentas. No todo su patrimonio, pero sí una cantidad suficiente para cambiarle la vida.

—¿Por qué me dejó algo si nunca lo conocí? —preguntó Sofía.

—Eso no puedo responderlo —dijo el notario—. Solo puedo decirle que conocía sus datos y dejó un sobre cerrado para usted.

El sobre aún no podía ser entregado. Debían cumplirse primero ciertas formalidades.

Al salir, Sofía recibió un mensaje de Verónica:

“Ahora ya entiendes por qué tenemos que hablar solas.”

Elena apretó los labios.

—Entonces sabía del testamento.

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