PARTE 1
—No me lleves a esa casa, hijo… si ella descubre dónde estoy, va a terminar lo que empezó.
Esas fueron las primeras palabras que mi madre me dijo después de casi dos años sin verla.
Aquella tarde acababa de regresar a Puebla tras trabajar durante meses en Monterrey. Bajé del autobús cerca del mercado viejo con una maleta y una bolsa llena de cosas para mamá: pan de nata, una caja de té de manzanilla y un rebozo grueso porque siempre se quejaba del frío.
Imaginaba que al verme me regañaría por haber tardado tanto en volver.
Pero a dos calles de la terminal vi a una mujer caminando lentamente entre los charcos.
Llevaba a una anciana sobre la espalda.
La mujer vestía una chamarra café desgastada, tenía los pantalones manchados de lodo y cargaba en una mano una bolsa de medicamentos. La anciana llevaba una pierna vendada desde la rodilla hasta el tobillo.
Algo en aquella escena me pareció demasiado familiar.
Aceleré el paso.
Entonces la mujer giró el rostro.
Sentí que el estómago se me hundía.
Era Mariana.
Mi exesposa.
La mujer a la que dos años antes había acusado de egoísta, interesada y cruel con mi madre.
La mujer de la que me divorcié convencido de que quería separarme de mi familia para quedarse con la casa que mi padre nos había dejado.
—¡Mariana!
Ella se detuvo.
