Regresé después de dos años y encontré a mi exesposa cargando a mi madre, mientras mi esposa actual me había escrito: “Tu mamá está perfectamente bien”. No discutí; llevé a mamá a un lugar seguro y abrí una carpeta escondida bajo una cama. Dentro había un poder sobre una casa de casi 7 millones y una firma que mamá juró no haber puesto.

 

Y cuando vi el rostro de la anciana que llevaba sobre la espalda, la bolsa de regalos se me cayó de las manos.

—¿Mamá?

Mi madre, Elena, había envejecido diez años.

Estaba tan delgada que apenas la reconocí. Tenía los labios resecos, los ojos hundidos y varios moretones amarillentos en las muñecas.

Corrí hacia ellas.

—¿Qué pasó? ¿Por qué estás así? ¿Desde cuándo estás enferma?

Mamá no respondió.

Intenté cargarla para llevarla a un taxi, pero ella se aferró con desesperación al cuello de Mariana.

—No quiero volver.

Me quedé paralizado.

—¿Volver adónde?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—A la casa.

Aquella casa había sido su hogar durante más de treinta años.

Entonces pregunté lo primero que me vino a la mente:

—¿Y Lucía?

Lucía era mi esposa actual.

La mujer a quien había dejado encargada de acompañar a mamá mientras yo trabajaba fuera.

Mariana bajó la mirada.

—Aquí no podemos hablar.

Vi la bolsa de medicinas y saqué uno de los documentos.

Hospital General.

Nombre: Elena Martínez.

Fecha de ingreso: diecisiete días antes.

Saqué mi celular.

Tres días atrás, Lucía me había escrito:

“Mamá está muy bien. Hoy hasta salió a regar las plantas.”

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