Regresé después de dos años y encontré a mi exesposa cargando a mi madre, mientras mi esposa actual me había escrito: “Tu mamá está perfectamente bien”. No discutí; llevé a mamá a un lugar seguro y abrí una carpeta escondida bajo una cama. Dentro había un poder sobre una casa de casi 7 millones y una firma que mamá juró no haber puesto.

 

Cinco días antes había recibido un mensaje desde el número de mi madre:

“No te preocupes por mí. Sigue trabajando.”

Le mostré la pantalla.

Mamá observó los mensajes con una expresión que jamás olvidaré.

—Yo no escribí eso.

Sentí un escalofrío.

—¿Entonces quién tiene tu teléfono?

Ella empezó a temblar.

Mariana la sostuvo.

—Después, Gabriel.

—¿Después de qué?

Mamá apretó su mano y susurró:

—No le digas a Lucía dónde estoy.

El aire se me fue de los pulmones.

Mariana terminó llevándonos a un cuarto rentado en una colonia humilde de las afueras.

Al entrar vi una sola cama, dos petates enrollados y decenas de medicamentos sobre una mesa de plástico.

—¿Mamá vive aquí?

—Desde hace casi tres meses.

—¿Contigo?

Mariana asintió.

Miré las dos colchonetas.

—¿Y tú dónde duermes?

—En el piso.

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