Cinco días antes había recibido un mensaje desde el número de mi madre:
“No te preocupes por mí. Sigue trabajando.”
Le mostré la pantalla.
Mamá observó los mensajes con una expresión que jamás olvidaré.
—Yo no escribí eso.
Sentí un escalofrío.
—¿Entonces quién tiene tu teléfono?
Ella empezó a temblar.
Mariana la sostuvo.
—Después, Gabriel.
—¿Después de qué?
Mamá apretó su mano y susurró:
—No le digas a Lucía dónde estoy.
El aire se me fue de los pulmones.
Mariana terminó llevándonos a un cuarto rentado en una colonia humilde de las afueras.
Al entrar vi una sola cama, dos petates enrollados y decenas de medicamentos sobre una mesa de plástico.
—¿Mamá vive aquí?
—Desde hace casi tres meses.
—¿Contigo?
Mariana asintió.
Miré las dos colchonetas.
—¿Y tú dónde duermes?
—En el piso.
