Regresé después de dos años y encontré a mi exesposa cargando a mi madre, mientras mi esposa actual me había escrito: “Tu mamá está perfectamente bien”. No discutí; llevé a mamá a un lugar seguro y abrí una carpeta escondida bajo una cama. Dentro había un poder sobre una casa de casi 7 millones y una firma que mamá juró no haber puesto.

 

—¿Y las escrituras?

—Pregúntale a tu madre.

—Mi madre lleva tres meses viviendo escondida en un cuarto rentado.

Lucía se quedó muda.

Entré al dormitorio de mamá.

El clóset estaba revuelto.

En un cajón encontré recibos a nombre de Sergio.

También había una tarjeta bancaria vencida de mamá y varias hojas con su firma practicada una y otra vez.

No eran firmas auténticas.

Eran ensayos.

Lucía empezó a llorar.

—Yo no hice eso.

—Entonces dime quién.

—Sergio.

—¿Y tú qué hacías mientras él presionaba a una mujer de setenta años?

—Yo tenía miedo.

Solté una risa amarga.

—¿Miedo?

—Él decía que todo era legal. Que tu mamá ya no entendía bien. Que tú estabas de acuerdo.

—¿Y cuando ella terminó en el piso?

Lucía bajó la cabeza.

—Fue un accidente.

Mariana dio un paso al frente, pero la detuve.

No quería gritos.

Quería respuestas.

—¿Quién mandaba mensajes desde el celular de mi madre?

Lucía tardó varios segundos.

—Yo.

Sentí como si alguien me golpeara el pecho.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Meses.

—¿Por qué?

—Porque Sergio decía que si tú regresabas antes de cerrar el asunto, todo se complicaría.

—¿Qué asunto?

Lucía comenzó a llorar con más fuerza.

—La venta.

Ahí estaba.

No se trataba de cuidar a mamá.

No se trataba de “ordenar papeles”.

Intentaban disponer de bienes que no les pertenecían antes de que yo descubriera lo ocurrido.

El abogado pidió revisar algunos documentos.

Había solicitudes incompletas, copias de identificaciones, borradores de poderes y un expediente con datos de la propiedad.

No significaba que legalmente hubieran logrado transferir la casa, pero demostraba que llevaban meses preparando algo.

Entonces pregunté lo único que todavía me dolía más que el dinero.

—¿Por qué Mariana?

Lucía levantó la cabeza.

—¿Qué?

—¿Por qué ayudaste a que yo creyera que ella quería robarle la casa a mi madre?

Su rostro cambió.

Ya no parecía asustada.

Parecía cansada.

—Porque Sergio decía que mientras Mariana siguiera contigo, nunca tendríamos acceso a Elena.

—¿“Tendríamos”?

—No quise decir eso.

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