—Lo acabas de decir.
Lucía apretó los labios.
Mariana permanecía en silencio.
Yo continué:
—Los mensajes que me mostraste hace dos años… ¿eran reales?
Lucía no respondió.
—Te hice una pregunta.
Finalmente murmuró:
—No todos.
Tuve que apoyarme en una silla.
Recordé aquellas capturas.
“Tu mamá nos está arruinando la vida.”
“Cuando la casa sea de Gabriel podremos vender.”
“Ya no quiero cargar con una anciana.”
Yo había leído esas frases y había enfrentado a Mariana.
Ella juró que jamás las había escrito.
Yo le dije que dejara de mentir.
Ella pidió revisar los números, los horarios, cualquier cosa.
Yo me negué.
Porque en ese momento era más fácil creer una imagen en una pantalla que escuchar a la mujer con la que había compartido ocho años.
—¿Los fabricaste?
Lucía lloró.
—Sergio los hizo. Yo solo…
—¿Solo me los enseñaste?
No respondió.
Todo dentro de mí se derrumbó.
Pero la peor revelación llegó esa tarde.
Sergio apareció en la casa.
Al parecer Lucía lo había llamado.
Entró furioso.
—¿Qué circo estás armando?
El abogado encendió la grabadora con su consentimiento para dejar constancia de la conversación.
Sergio señaló a Mariana.
—Todo esto empezó por ella. Siempre quiso meterse donde no le importaba.
Por primera vez en años, no reaccioné con rabia.
—Explícame el poder a tu nombre.
—Tu mamá me pidió ayuda.
—Dice que no.
—Está vieja, Gabriel. Confunde cosas.
Aquella frase me hizo entender por qué mamá había tenido tanto miedo.
La estrategia siempre había sido la misma.
Si ella se negaba, dirían que estaba confundida.
Si denunciaba, afirmarían que había perdido facultades.
Si yo preguntaba, Lucía contestaría desde su teléfono.
—¿También estaba confundida cuando la sujetaste de la muñeca?
Sergio palideció.
