Regresé después de dos años y encontré a mi exesposa cargando a mi madre, mientras mi esposa actual me había escrito: “Tu mamá está perfectamente bien”. No discutí; llevé a mamá a un lugar seguro y abrí una carpeta escondida bajo una cama. Dentro había un poder sobre una casa de casi 7 millones y una firma que mamá juró no haber puesto.

 

Yo ni siquiera levanté la mirada del teléfono.

—Sergio la ayuda con los trámites.

—No. Sergio quiere que firme hojas donde hay espacios en blanco.

—Otra vez con tus sospechas.

—Gabriel, escúchame.

—Lo que veo es que desde hace meses estás obsesionada con las propiedades de mi familia.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Estoy intentando proteger a tu madre.

Y yo respondí una frase que todavía hoy me avergüenza recordar:

—Mi madre necesita protección de gente como tú, no de Sergio.

Aquella noche Mariana durmió en el sofá.

Tres meses después nos divorciamos.

Yo estaba convencido de ser la víctima.

Ahora tenía enfrente la prueba de que había expulsado precisamente a la persona que intentaba evitar el desastre.

—¿Lucía también participó desde el principio? —pregunté.

Mariana bajó la voz.

—No puedo probar que todo haya sido idea suya. Pero las conversaciones muestran que ayudó a Sergio a convencerte de que yo era interesada.

Lucía había llegado a nuestra familia como amiga de una prima.

Era amable, atenta y siempre parecía estar de mi lado cuando Mariana y yo discutíamos.

Después del divorcio empezó a escribirme con frecuencia.

Me escuchaba.

Me decía que yo “merecía una mujer que respetara a mi familia”.

Ocho meses más tarde comenzamos una relación.

Un año después nos casamos.

Ahora cada recuerdo adquiría un significado distinto.

—Mañana voy a esa casa —dije.

—No vayas solo —respondió Mariana.

La miré.

Años atrás habría interpretado aquella frase como una provocación.

Esta vez llamé a un abogado.

También pedí que un vecino de confianza nos acompañara y que todo quedara documentado.

A la mañana siguiente llegamos a la casa.

Lucía abrió la puerta.

Al verme junto a Mariana, palideció.

—Así que ya te llenó la cabeza de mentiras.

No respondí.

Entramos.

Mamá se quedó con una vecina porque todavía estaba demasiado débil.

Lo primero que noté fue que el pequeño archivero metálico donde Elena guardaba documentos ya no estaba.

—¿Dónde está el archivero?

—No sé.

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