Regresé después de dos años y encontré a mi exesposa cargando a mi madre, mientras mi esposa actual me había escrito: “Tu mamá está perfectamente bien”. No discutí; llevé a mamá a un lugar seguro y abrí una carpeta escondida bajo una cama. Dentro había un poder sobre una casa de casi 7 millones y una firma que mamá juró no haber puesto.

 

Le creí a todos.

Menos a mi esposa.

Miré a Mariana.

—¿Todo fue preparado?

Ella tardó en responder.

—No sé hasta dónde llegó Lucía. Pero Sergio necesitaba que yo desapareciera de esta familia.

—¿Por qué tú?

Mariana señaló a mi madre.

—Porque yo fui la primera que descubrió que faltaban documentos.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—¿Y qué más descubriste?

Mariana abrió la boca, pero mamá comenzó a llorar.

—Díselo, hija.

—¿Decirme qué?

Mariana me sostuvo la mirada.

—La razón por la que Sergio tenía tanta prisa por sacar a tu mamá de esa casa… no era solo venderla.

Sacó un último documento.

Vi mi nombre, el de mi padre muerto hacía ocho años y una cifra que jamás había visto.

Entonces entendí que la casa de siete millones era apenas una parte del verdadero secreto.

Y cuando Mariana me explicó qué había encontrado escondido detrás de aquellas escrituras, supe que la peor traición todavía no había salido a la luz.

PARTE 3

El documento era un antiguo contrato de compraventa de un terreno en Cholula que había pertenecido a mi padre.

Creí que se había vendido años antes para pagar deudas médicas.

Eso era lo que Sergio siempre me había contado.

Pero no era verdad.

Mi padre había adquirido aquel terreno junto con su hermano, el padre de Sergio. Después ambos dividieron legalmente la propiedad. A mi padre le correspondía una fracción que, con los años, quedó rodeada por nuevos desarrollos comerciales.

Actualmente valía varios millones de pesos.

—¿Por qué nunca supe esto? —pregunté.

Mamá respiró lentamente.

—Tu papá quería decírtelo cuando terminaras de pagar tu departamento. Pero murió antes. Yo guardé los documentos porque no entendía bien el trámite.

Mariana continuó:

—Sergio sí sabía.

Me mostró copias de correos, consultas catastrales y conversaciones con un supuesto gestor.

Durante años mi primo había intentado conseguir una forma de controlar no solo la casa de mamá, sino también los derechos sobre aquel terreno.

Para eso necesitaba un poder amplio.

Y mientras Mariana viviera conmigo, nunca iba a ser fácil.

Porque ella revisaba recibos, acompañaba a mamá al banco y había comenzado a preguntar por qué Sergio aparecía constantemente con documentos “para ayudar”.

Recordé una discusión de hacía más de dos años.

Mariana había llegado a casa furiosa.

—Tu primo le está pidiendo firmas a tu mamá sin explicarle qué está firmando.

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