Mamá bajó la cabeza.
—Tenía miedo de que regresaras y enfrentaras a Sergio. Él sabía dónde trabajabas, tus horarios, todo.
Me pasé las manos por la cara.
Durante meses yo había hablado con Lucía casi todas las noches.
Nunca escuché una sola palabra que me hiciera sospechar algo.
—Entonces… ¿quién contestaba desde el teléfono de mamá?
Elena tragó saliva.
—Lucía me lo quitó.
Sentí rabia.
—¿Por qué?
—Decía que yo confundía las cosas. Que tú estabas cansado, que no debía molestarte. Después empezó a responder por mí.
Mariana sacó otro papel.
Era una captura de conversaciones.
Los mensajes enviados a mi número repetían frases comunes de mi madre, pero ninguno mencionaba detalles que solo nosotros conocíamos.
Todo había sido construido para tranquilizarme.
Llamé a Lucía.
Respondió al tercer tono.
—Amor, ¿ya llegaste?
—¿Dónde está mi madre?
Silencio.
—Pues… en casa, supongo.
Miré a Elena acostada frente a mí.
—¿Seguro?
—Gabriel, ¿qué pasa?
—¿Dónde está su celular?
La respiración de Lucía cambió.
—No sé. Ella siempre pierde sus cosas.
—Mañana voy a ir por los documentos de la casa, las cuentas y las grabaciones de las cámaras.
—No hagas tonterías por lo que te diga Mariana.
Aquella frase me heló.
Yo nunca había mencionado que estaba con Mariana.
—¿Cómo sabes que estoy con ella?
Lucía colgó.
